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Elecciones sin transición, por María Corina Machado

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El ejercicio del voto, masivo y entusiasta, en esa elección presidencial, libre, abierta, segura y confiable, es el que nos dará la estabilidad y la legitimidad para avanzar en las profundas transformaciones que impulsarán a Venezuela a desplegar todo su potencial aceleradamente.

Después de 20 años de robos, fraudes y atropellos, de la destrucción sistemática de la soberanía popular y la confianza en el voto; los venezolanos sabemos que este régimen no permitirá una elección competitiva porque ello implica no sólo su salida del poder, sino la derrota de ?la revolución? en todo el hemisferio.

¿Cómo podemos llegar a ese punto de inflexión en nuestra historia; ese día ansiado en el cual no sólo ?votemos?, sino elijamos? Por supuesto, el ejercicio electoral tiene que garantizar tres cosas: 1. Que todos los venezolanos mayores de 18 años, en cualquier lugar del mundo donde nos encontremos, podamos votar; 2. Que la emisión del voto se haga con absoluta libertad, sin obstáculos, ni coerción alguna, y 3. Que cada elector represente uno y solo un voto.

Muchos limitan la discusión a las ?condiciones electorales?. Es decir, un directorio imparcial del CNE, una estructura burocrática profesional e independiente, un Registro Electoral que represente fidedignamente al electorado, equidad en los términos de la campaña, auditorias precisas y efectivas, y observación calificada antes, durante y después de la votación. A nivel técnico, esto es razonable. Pero claramente no es suficiente.

Elegir ?en libertad? no sólo implica condiciones justas y transparentes en el proceso, sino también un contexto institucional y de orden y seguridad interna mínimos en el país. Hoy vivimos en un país en guerra, sometido a las peores mafias que están desmembrando el territorio; donde cada día es más difícil la movilización y la comunicación. Mientras el régimen controle el uso de la fuerza física, judicial y comunicacional a su antojo, es imposible pensar en un proceso electoral confiable. Por eso, no hay manera de realizar una elección libre en Venezuela si antes el régimen no ha salido del poder.

Creer que un nuevo diálogo estilo Noruega-Barbados pueda derivar en elecciones libres es más que ingenuidad. Cinco ?diálogos? previos han dejado claro que el régimen no cederá hasta que se le confronte con una amenaza real, severa e inminente. Y eso hoy no está en esa mesa.

Mientras tanto, Maduro gana tiempo y nos lo restriega en la cara; habla de un proceso ?de diálogo permanente?, de paz y estabilidad; y ordena la tortura a muerte del Capitán Acosta Arévalo, la desaparición de su cadáver y su posterior entierro sin que la familia pueda reconocerlo. Así dialoga esta tiranía.

Considerar siquiera un arreglo producto de esas negociaciones en Barbados, distinto a la secuencia 1. Cese de la usurpación, 2. Gobierno de Transición y 3. Elecciones presidenciales, sería claudicar, perder años de lucha y desperdiciar la mejor oportunidad y el mayor respaldo que jamás hemos logrado de la comunidad democrática internacional.

En enero de este año los venezolanos suscribimos un compromiso y avanzamos en una ruta, de fuerza, que requiere mucho coraje. Es la única que logrará la liberación de Venezuela y el desalojo de la fuerza de ocupación que nos oprime. Hemos aprendido duras lecciones. No caemos en más trampas. Estamos a tiempo de realinearnos en las acciones que agregan fuerzan y cerrar definitivamente las que perjudican.

Una vez que logremos sacar al régimen de mafias del poder, comenzará una compleja y delicada Transición, que se concentrará en construir las mínimas condiciones sociales, institucionales, económicas, de seguridad y soberanía y electorales, para convocar a todos los venezolanos a elegir quién debe liderar la transformación de Venezuela.

Entonces, sólo entonces, los venezolanos participaremos con confianza, consciencia y pasión en esas elecciones presidenciales que cambiarán nuestro destino para siempre.